CUBA: UNA EDUCACIÓN DESDE Y AL SERVICIO DEL PUEBLO
“Educar es todo, es sembrar valores, es desarrollar una ética, una actitud ante la vida. Educar es sembrar sentimientos. Educar es buscar todo lo bueno que pueda estar en el alma de un ser humano, cuyo desarrollo es una lucha de contrarios, tendencias instintivas al egoísmo y a otras actitudes que han de ser contrarrestadas y solo pueden ser contrarrestadas por la conciencia”
Fidel Castro Ruz[1]
La experiencia educativa cubana ha sido uno de los referentes más significativos de América Latina. Desde 1959, la educación fue concebida como un derecho fundamental y un eje central para la construcción de una nueva sociedad basada en la justicia social y en la formación esencial del ser humano.
En contraste con los sistemas educativos de la región, donde la educación representa un importante negocio y se encuentra cada vez más deteriorada, el caso cubano se ha sostenido en una concepción totalmente distinta, donde el Estado, la comunidad y las familias comparten la responsabilidad de educar.
Hoy, en un contexto global marcado por la cara más cruda de este sistema injusto y desigual, esta experiencia se vuelve más vigente que nunca al igual que la necesidad de solidarizar con Cuba y su Revolución. Más aún cuando, pese al recrudecimiento del bloqueo económico y energético impuesto por Estados Unidos, las escuelas en la isla continúan abiertas para estudiantes y docentes.
Desde Chile, los profesores tenemos voz y debemos ser capaces de levantar una crítica hacia el neoliberalismo que hunde nuestra educación en el más puro abandono, mirando experiencias educativas que realmente nos inspiren a pensar y construir un sistema escolar alternativo al actual. En este sentido, Cuba es un ejemplo.
Acostumbrados a las referencias de los modelos europeos y estadounidenses, que suelen importarse como recetas mágicas para subir indicadores, obviando los niveles de pobreza estructural, el caso cubano nos enseña algo totalmente distinto, incluso en condiciones materiales más adversas: una educación anclada a un proyecto de sociedad antagónico al mercado cuyos estándares de calidad, sostenidos en el tiempo, han permitido consolidar una sociedad culta donde el conocimiento está al servicio de las necesidades reales del pueblo.
En más de 60 años de revolución educacional, los cubanos triunfaron sobre el analfabetismo, siendo pioneros en América Latina; universalizaron tempranamente la educación superior hacia capas campesinas y populares; desplegaron misiones internacionalistas con maestros para enseñar en otras latitudes del tercer mundo donde no había escuelas; aportaron al desarrollo científico y tecnológico en otros países; y consolidaron una base educacional que les ha permitido resolver sus propias insuficiencias y destacar en áreas como la biotecnología, la innovación médica, el deporte y la cultura. Como un ejemplo notable, durante la pandemia Cuba fue capaz de desarrollar vacunas propias contra la COVID-19 y, al mismo tiempo, enviar brigadas de profesionales de la salud al extranjero allí donde se les necesitara, a pesar de las enormes limitaciones que enfrentaba.
Los profesores en Cuba tal vez no gozan del mejor salario, pero tienen un respeto transversal de la población por su gran labor. Probablemente el tiempo tampoco les alcanza para atender todas las tareas no lectivas, pero jamás se verán agredidos o amenazados en las salas de clases, ni por los apoderados. La vocación, en este escenario muchas veces carente en lo material, puede significar realmente sacrificio y heroísmo. Pero, a diferencia de Chile, el trabajo docente no engorda los bolsillos de quienes lucran con este derecho a costa de una mala educación para la mayoría del pueblo, no sufre los cuestionamientos ni los síntomas de la precarización laboral, ni pierde el sentido de lo que verdaderamente nos enorgullece: enseñar con dignidad.
Por otra parte, allá se aprende en aulas que no superan los 20 estudiantes, puesto que el foco consiste en atender la personalidad y necesidad de cada uno. Los maestros organizan el currículo mediante un sistema metodológico a nivel municipal, según asignatura, adecuando los contenidos y la didáctica para cada escuela. Si hay estudiantes con problemas de conducta existen organismos especiales a cargo del Estado para trabajar junto a las familias, donde son derivados por un año con acompañamiento profesional para lograr su reinserción en la escuela regular. La educación especial busca la integración real de niños y jóvenes con discapacidad en oficios productivos, además de garantizar los tratamientos de salud correspondientes.
Y si los recursos que invierte Cuba en educación no son superiores a los que invierten muchos países latinoamericanos, ¿cómo fueron posibles estos logros? ¿Por qué puede parecer radicalmente distinto el ambiente en un salón de clases de La Habana al de uno en cualquier población de Chile?

Solo por la perseverancia histórica de un pueblo entero que decidió conquistar su soberanía e independencia, que entendió la educación como la base cultural e ideológica para el desarrollo de su proyecto revolucionario y la construcción de una nueva sociedad, que fue capaz de involucrar de lleno a las masas en los desafíos educacionales y les dio un lugar primordial a los profesores en la nación, y que logró, de manera victoriosa, instruir, generación tras generación, los principios y valores que millones de cubanos defienden con orgullo, inspirándose en la premisa del apóstol José Martí: “Ser cultos es el único modo de ser libres”.
En estos 100 años del natalicio del líder histórico de la Revolución, Fidel Castro Ruz, abrazar las ideas que fundaron un sistema educacional distinto sigue siendo un imperativo para quienes creemos en la necesidad de cambiar todo lo que debe ser cambiado. Especialmente aquellas ideas que apuntan hacia la excelencia educativa en beneficio de todos los niños del país, a la relevancia del estudio y del conocimiento para el desarrollo social, y al rol colectivo de los profesores, considerados como la piedra angular en la formación de la conciencia humana, quienes deben ser ejemplo moral para sus alumnos, dejando la pedantería y la autosuficiencia de lado. Ideas más vigentes que nunca, que nos invitan a organizarnos junto a nuestros colegas para hacer de la docencia un verdadero ejercicio de vocación, solidaridad y altruismo.
[1] Discurso pronunciado en el acto de graduación del primer curso emergente de formación de maestros primarios, efectuado en el teatro Karl Marx, el 15 de marzo del 2001.