Prohibición de celulares en colegios: ¿Avance o retroceso pedagógico?

Prohibición de celulares en colegios: ¿Avance o retroceso pedagógico?

En marzo de este año se implementó la Ley 21.801 titulada “Modo Aula” que modifica la Ley General de Educación respecto a la “prohibición y regularización de uso de dispositivos móviles electrónicos de comunicación de uso personal” en contexto educativo, entendiendo clases y recreos, siendo una prohibición general a su uso en establecimientos educativos con determinadas excepciones, tanto para estudiantes como para profesores. Esta implementación llega de sopetón a comienzo del año académico generando un efecto directo en el  trabajo docente, ya sobrecargado, y nuevas situaciones de convivencia educativa, ya sobrepasada. Pero también nos pone otras discusiones sobre la mesa: ¿cuánto afecta el uso de celular al contexto educativo? ¿cuánto aporta el uso del celular al aprendizaje? ¿en qué grado y de qué manera influencia el celular al aprendizaje y las relaciones sociales?

Esta es una ley de rápida implementación luego de un proceso legislativo relativamente corto, promovido el 2024 por diputados del entonces oficialismo (FA, PC y PS) bajo la tutela del entonces Ministro de Educación, Nicolás Cataldo, teniendo un rastro legislativo desde el 2018. Entendiendo la amplitud de su puesta en marcha, la cantidad de dispositivos móviles por manejar, la dependencia de la juventud actual a su uso y las desiguales condiciones materiales de los establecimientos, es una política que quiere cumplir una meta idílica de sacar los celulares del aula como distractor de aprendizaje y generador de conflictos de convivencia escolar, pero que debido a una implementación mal estudiada y ejecutada, donde se deja que cada establecimiento modifique su reglamento interno a criterio propio (uso apagado dentro de la mochila, casilleros, fundas, etc.) y se espera una autorregulación por parte de estudiantes y apoderados de no asistir con dispositivos móviles para su éxito. Sin una normativa pareja ni recursos concretos para implementarse, nos deja una ley que está generando más conflictos que una efectiva regulación a los celulares. 

Con este contexto analizamos la implementación de la nueva ley, lineamientos sobre las condiciones actuales de aprendizaje y una alternativa al qué hacer para los profesores en aula lidiando con esta nueva batalla.

Una “ley al lote”, otra tarea a la mochila de los profesores

Al ser una ley que no asegura ningún tipo de recurso material a los establecimientos para implementar medidas acordes a la magnitud del problema, deja el éxito de esta política en manos de la inexistente autorregulación del estudiante de guardarlo en la mochila o no llevarlo al colegio, lo que bien sabemos no sucede en la realidad, debido a la alta adicción al celular que tienen los jóvenes actualmente.

Además, su implementación provoca contradicciones en las comunidades educativas, ya que tiene como premisa que los aparatos electrónicos “no deberían estar en los colegios”, por lo que se hace imposible eliminar este distractor del aprendizaje por el temor a las famosas denuncias en la Superintendencia de Educación, si se aplican medidas de retención de los aparatos o si se aplica una sanción considerada desproporcionada a la falta.

    Lamentablemente, no es solamente una aplicación reglamentaria desigual, sino también una aplicación pedagógica desigual, donde muchas veces el celular enmascara una falta de recursos en los establecimientos, un “parche” a recursos pedagógicos deficientes como el acceso a infraestructura tecnológica de comunicación e investigación. Por consecuencia, se incluyen excepciones en su uso, pero no sin antes adosar a los profesores una nueva tarea administrativa al solicitar permiso para su uso en clases. Entonces, ¿Se usa o no se usa el celular en el colegio?

      Esto genera situaciones inabordables por los colegios que terminan por caer en la gestión de los profesores en aula, que ahora debemos sumar a toda su carga de trabajo el hacer cumplir esta ley con 40 estudiantes por clase, ya sea almacenando, registrando, quitando celulares, derivando a convivencia ante las negativas, resguardando su uso en pruebas, administrando excepciones y reclamos, quedando, en el mejor de los casos, en un criterio por establecimiento, pero que en la realidad queda a criterio de cada docente el cómo sale mejor parado de la situación. Impactando directamente en el tiempo que se le dedica a la clase lectiva, que se ve constantemente interrumpida llamando la atención para controlar estas conductas.

        Por lo tanto, es una ley creada por quienes están alejados del aula, una ley populista derivada a la suerte de cada colegio y que afecta directamente al trabajo de los profesores. 

          El impacto en el conocimiento, las habilidades atrofiadas y el mercado de la IA. 

          Durante las últimas décadas, se ha catalogado el celular como un buen recurso pedagógico, sin embargo es una idea debatible, ya que se ha transformado en una tecnología fundamentalmente simple, que no requiere esfuerzo cognitivo y que está muy alejada de la complejidad que podía tener la enseñanza de la utilización de un computador y sus variados recursos tecnológicos. Esto lo comprobamos cada día, que a pesar de creer que los estudiantes son “nativos digitales” nos topamos de frente con niños y jóvenes que no saben ocupar herramientas digitales básicas como buscar en un navegador información, navegar por una página web o enviar un correo electrónico, a pesar de tener un celular en sus manos todos los días.

            A esto es importantísimo sumarle que es un aparato que genera adicción, desregulación y deficiencias cognitivas, promoviendo anti-hábitos como por ejemplo, quedarse hasta madrugada jugando, consumiendo TikTok o resolver sus tareas con IA,  lo que demuestra también la poca supervisión parental frente al uso de estos aparatos.

              Basándonos en estas competencias digitales atrofiadas, el gran “remedio” que llegó a mano de estudiantes y profesores es la Inteligencia Artificial, que se ha colado en cada ámbito tecnológico posible. Si dijimos que el celular ha atrofiado competencias digitales, el mal uso de la IA está atrofiando habilidades cognitivas, siendo el recurso salvavidas más utilizado por estudiantes. En lo que refiere a la enseñanza, debemos desmentir la IA como una herramienta que aporte al aprendizaje, incluso al argumento de que “deben aprender a utilizarla porque ya se instaló en el mundo”, tal como dijo la Ministra en una entrevista durante estos días. Esta idea no viene más que a defender un mercado tecnológico global que desea vender estas tecnologías generativas. Incluso, en la propia ley se menciona:

                “Educación digital. El sistema educativo promoverá el uso responsable y seguro del contenido digital y de las tecnologías que lo soportan durante el proceso formativo, en particular, de aquel contenido vinculado a la información, la comunicación y la conectividad digital.”.

                ¿Cómo puede promoverse este uso responsable si las supuestas herramientas que se están instalando fomentan un uso poco ético, fomentan la cultura del mínimo esfuerzo y la flojera? 

                Además, a los profesores se les vende como una herramienta para ganar tiempo, degradando más nuestra labor, ya que las condiciones laborales no nos lo permiten. Un parche para la falta de tiempo o para exigirnos más en el mismo tiempo. Así no nos podemos desarrollar como profesionales, ni tampoco potenciar el aprendizaje de nuestros estudiantes. Es un dejo intelectual para todos. Atrofia el trabajo intelectual y creativo del docente. 

                No es casualidad que frente a una crisis educativa sin precedentes donde predomina un sin sentido del aprender,  se difunda e instale un mercado de aplicaciones y plataformas tan rápidamente, una herramienta que permite generar texto sin la necesidad de saber escribir o redactar coherentemente, que permite sintetizar información sin leer o que permite generar trabajos visuales sin practicar ninguna técnica. La IA hace que los rezagos educativos se instalen en las actuales generaciones y no puedan superarse, transformándose en carencia de habilidades y conocimiento. Incluso, volviendo al punto de las habilidades tecnológicas, también viene a suplir el no saber ocupar un aparato como el celular, ya que estos incluyen IA en su funcionamiento de software y en los navegadores web más utilizados, por lo que no necesitan aprender a ocupar el aparato, solo escribir una pequeña frase que les entregue de inmediato la tarea que se les pide.

                Esta misma crisis de sentido en el estudio, degrada el vínculo pedagógico entre docente y estudiantes, por ende, la autoridad pedagógica del profesor se ve pasada a llevar, porque al automatizar el proceso de aprendizaje se pierde la naturaleza de la enseñanza. Se pierde la formación ética de los estudiantes (el esfuerzo, la valorización al trabajo, la lógica del mínimo esfuerzo, etc.)

                  Es preciso señalar también el impacto en las habilidades sociales de las nuevas generaciones, donde existe una valorización de las redes sociales y la vida virtual en extremo, generándose desde una desconexión con la realidad hasta una desensibilización con las relaciones creadas a través de lo digital, donde amenazas, insultos y acoso se balancean entre ser una única forma de validación, una catástrofe en la vida personal de un joven o derechamente la libertad de agredir sin consecuencias. Todo esto lleva a una merma en la capacidad de socialización y una descomposición de las relaciones sociales mismas, agravadas ya postpandemia. Todo esto pasa por el celular. 

                    La desvalorización del conocimiento y su impacto en el Sistema Educativo. 

                    Mientras que a las generaciones anteriores se nos convenció de que estudiar era la única manera de “ser alguien en la vida”, lo que permitió que se ampliara el negocio educativo, hoy, la sociedad neoliberal le ofrece a los jóvenes “surgir” sin la necesidad de formarse académicamente, relegando el estudio y promoviendo la autoexplotación bajo la idea de “ser su propio jefe” o “alcanzar la libertad económica”.

                    Desde hace años se ve el estudio como un beneficio individual más que un elemento fundamental para mejorar la sociedad, el problema es que hoy ya ni siquiera se considera necesario para mejorar nuestras propias condiciones de vida.

                    No debería parecernos raro que hoy y en adelante existan cada vez más estudiantes con dificultades para pensar críticamente e interpretar la sociedad en la que viven. 

                    Nuestra alternativa: Revolución educativa

                    En primer lugar, creemos muy necesario comprender, como profesores,  lo contraproducente del uso de aparatos tecnológicos durante las clases. El tener esta claridad permite aunar criterios que vayan en pro del aprendizaje.

                    En segundo lugar, ante esta nueva normativa implementada “a la chilena”, debemos exigir una solución estructural que nos permita garantizar todos los recursos de aprendizaje. Esto incluye tanto lo tecnológico como lo material, pero también espacios equipados para distraerse y descansar, para practicar un “aburrimiento creativo” que permita fortalecer las relaciones sociales, que es algo intrínsecamente humano. 

                    En lo concreto, es necesaria la organización y discusión docente en cada establecimiento, exigiendo la menor arbitrariedad posible que solo sobrecarga a los profesores de burocracia y problemas, exigiendo normas claras y parejas en los establecimientos educativos para todos los niveles educativos, que incluya al trabajo docente y, sobre todo, para estudiantes y para apoderados.

                    Finalmente, debemos luchar por la escuela que queremos, es decir, aquella donde los estudiantes puedan aprender y los profesores puedan enseñar. Donde tengamos la infraestructura pedagógica y una cantidad de estudiantes por sala adecuada  para potenciar la curiosidad por aprender. Para esto, debemos ser ejemplo para nuestros colegas y estudiantes, relacionándonos y uniéndonos con los demás docentes en defensa del conocimiento y del aprendizaje, desalojando la idea de que el celular es una herramienta para ello. Así podemos inculcar en nuestros estudiantes la importancia de la disciplina para su propio desarrollo y proyecto de vida, apuntando no solamente a tener un éxito individual, sino también a ser un aporte para la sociedad.

                    En conclusión, este tipo de normativa viene a destapar políticas que van en desmedro del aprendizaje, que acentúan la precarización y la crisis educativa, y que fundamentalmente están en contra del conocimiento, patrimonio fundamental que la educación debe proveer. 

                    Como Pueblo Docente decimos firmemente:

                    La escuela es el espacio de aprendizaje, no el celular.

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